julio 26, 2024 6:50 pm

Atahualpa Garibay Reyes/The Exodo

Tijuana, Baja California.- A más de cuatro mil kilómetros de distancia de su país, pegaditos al muro fronterizo, la nostalgia golpea más fuerte que nunca a Miguel Martínez y Keyri Valeria. Los dos migrantes de El Salvador, extrañan a su familia, amigos y comunidad.

Aunque provienen de lugares humildes donde la pobreza se ha encargado de marcar la desigualdad, ambos recuerdan los días previos a la Noche Buena y el Año Nuevo. Pese a sus bajos recursos se les ingeniaban para disfrutar de una rica cena navideña con sus seres queridos.

Hace dos meses se unieron a la Caravana Migrante, conformada en su mayoría por hondureños, guatemaltecos y en menor número salvadoreños. Estas fiestas decembrinas son muy diferentes para ellos.

Se encuentran en el refugio temporal “El Barretal”, en Tijuana, junto con unos dos mil inmigrantes más. En estas semanas Miguel y Keyri han vivido de todo un poco. Largas caminatas, largas charlas sobre qué harán cuando lleguen a los Estados Unidos…Sí aún anhelan vivir el “sueño americano”.

En tu trayecto recibieron golpes, insultos, rechazo, y odio. Han visto la cara solidaria de la centenaria Tijuana, pero también su lado racista y antiinmigrante. No obstante reconocen que son minorías de mexicanos quienes los han tratado así porque los más han sido amables y generosos.

Los sentimientos en ellos son encontrados. La nostalgia les pega doble. Abandonaron su tierra, familia y lo poco que tenían, pero “estamos contentos porque está cerca nuestro objetivo que es los Estados Unidos”, dice Miguel, con ese acento particular centroamericano.

“Estamos felices, hemos estado con mucha gente durante más de dos meses, ya nos conocemos mucho, nos cuidamos y tenemos pensando para estas fiestas de fin de año armar un buen panchangón”, expresa, rodeado de varios de sus compañeros en la explanada del “Barretal” donde están las casas de campaña.

“Tendrémos música, porque la música alegra hasta los ancianos, la comida es lo de menos para esa noche, todo mundo va a estar contesto”, manifiesta.

No obstante, “estaremos también tristes porque no estaremos con nuestros seres queridos, con nuestros padres, con nuestros hermanos, pero por lo contrario estaremos bien porque estamos cerca de cumplir nuestro sueño”, agrega el migrante, menor de 18 años, quien partió de El Salvador con otro amigo.

Keyri, de apenas 16 años, conoció a Miguel en la caravana. Viaja con su mamá para reunirse en Los Ángeles, California, con familiares que viven allá desde hace muchos años.

Con la voz entrecortada, Keyri, cuenta como vivía con sus familiares en su comunidad en El Salvador. “Cada quien llevaba un platillo, nunca pueden faltar las pupusas -una especie de gorditas de maíz-, cantamos, bailamos”, dice.

Para la adolescente el futuro inmediato es incierto. Por las noticias sabe que el Gobierno del Presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, ha advertido que no cruzarán y que si lo hacen no habrá asilo político para ellos.

También sabe que el Gobierno mexicano ha ofrecido el apoyo a los miles de inmigrantes centroamericanos, para que permanezcan el tiempo que sea necesario en territorio, a fin de que logren el asilo político.

Hoy, Miguel y Keyri disfrutan de su noviazgo, que nació en la caravana. Comparten los mismos sueños y los mismos sentimientos: el amor y la nostalgia por los suyos en El Salvador.

“Nos pega la distancia, pero estamos bien porque tenemos vida y estamos juntos”, dice Miguel, al borde de las lágrimas.

Los niños juegan entre los pasillos, las mujeres limpian ropa y acomodan enseres personales. La vida en el refugio de la Zona Este parece un día normal; la diferencia es que este día les organizan una paella gigante para más de mil personas.

Los pequeños centroamericanos se divierten con una Santa Claus, acompañado de un reno, que la sociedad civil llevó para el disfrute de los infantes. Allá en medio dos casas de campaña, un arbolito navideño, les recuerda a los inmigrantes la época del año: Navidad.

Más allá de la celebración, los migrantes centroamericanos esperan con ansias poder cruzar a los Estados Unidos y pedir asilo político. Saben que muchos de ellos desesperados, en grupo o individualmente, han decidido cruzar la frontera.

Han sido atrapados por los elementos de la Patrulla Fronteriza; algunos han resultado lesionados y otros deportados de inmediato. Sin embargo, no se darán por derrotados.

Mientras tanto, organismos de la sociedad civil se han dado a la tarea de conseguir los insumos. Ha sido una tarea titánica conseguir el pollo, el arroz, los mariscos, las especias, entre otros artículos para organizarles esta posada los integrantes de la “Caravana Migrante”.

Es el invierno y las fiestas de fin de año en Tijuana, donde otras asociaciones civiles prepararon una cena navideña para las familias migrantes. Se solicitó a través de las redes sociales la donación de más de dos mil pollos, papas, pasta, bolillos, fruta entre otros, para la comida de los inmigrantes, que están ahí junto a la frontera, pegados al muro, esperando cruzar, esperando un milagro de navidad.

www.theexodo.com

Foto: Atahualpa Garibay

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