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25 años de los atentados terroristas y el cambio en políticas antiinmigración

The Exodo

“Si antes me hubieran contado los riesgos a los que me enfrentaría, nunca me hubiera ido al norte” reflexiona a la distancia Antonio Juárez, un mecánico y comerciante que, hace dos décadas y media, decidió dejar Iztapalapa para buscar un futuro mejor en Estados Unidos.

25 años han pasado de aquella aventura en Nueva York, de ver de cerca los atentados terroristas y lo que vino después: La cacería de migrantes de todo el mundo y un cambio radical en las políticas de seguridad e inmigración en Estados Unidos. 

Hoy, vive en Iztapalapa, redimido de aquel idealizado «sueño americano», Antonio guarda tatuados en la mente los detalles de un vía crucis compartido con más de 30 paisanos —entre mujeres, niños y jóvenes— que se arriesgaron a cruzar por Naco, Sonora, en una de las rutas migratorias más peligrosas del mundo.

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Con apenas veinte años, Antonio pagó 1,800 dólares de aquella época a un red de traficantes que prometía el paquete completo: vuelo desde la Ciudad de México hasta Hermosillo, guías, traslados clandestinos en camionetas «como sardinas», y estancias en moteles y casas de seguridad en Las Vegas y Los Ángeles.

La caminata inicial duró tres noches y dos días para llegar a Tucson, Arizona. «Empezamos a caminar de noche […]. Llevaba dos galones de agua y unas salchichas en lata que sabían horribles», recuerda. En pleno desierto, los migrantes se enfrentaron no solo al frío extremo, sino a la fauna letal. «Encontré un alacrán cuando me levanté […]. Yo creo que los polleros nunca te dicen que vas a dormir entre nidos de serpientes o que corres el riesgo de quedar herido a mitad del camino, porque muchos se arrepentirían».

Durante el trayecto conoció las dos caras de la clandestinidad: desde los traficantes abusivos hasta aquellos que organizaban al grupo y ayudaban a cargar a los niños. En una ocasión, ante una mujer del grupo que se fracturó el tobillo y suplicó ser abandonada, el guía recurrió a una misteriosa pastilla que le devolvió milagrosamente la movilidad para continuar la marcha. Tras sortear víboras de cascabel y controles clandestinos, Antonio logró llegar a la Gran Manzana.

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Instalado en un pequeño departamento a dos kilómetros de la Zona Cero, Antonio comenzaba a adaptarse a la vida neoyorkina trabajando en la preparación de alimentos y en autolavados. Sin embargo, los primeros días de septiembre de 2001, dos aviones comerciales acabaron no solo con las Torres Gemelas, sino también con las expectativas de miles de migrantes.

El clima social cambió drásticamente. El trabajo escaseó y el hostigamiento contra extranjeros escaló rápidamente. Temerosos de una guerra y bombardeados por las llamadas de auxilio de sus familias desde México, Antonio y dos amigos decidieron emprender la huida hacia la costa oeste en autobús, con la intención de trabajar unos meses más y retornar al país.

No obstante, las alertas nacionales estaban al máximo. En plena carretera, agentes federales y de migración interceptaron el vehículo. «Fui el primero en ser bajado del autobús. Me pidieron mis papeles y les entregué mi credencial del IFE. De inmediato fui llevado a un centro de deportaciones», relata.

La puerta metálica

Aunque a ellos les fue relativamente favorable en los interrogatorios —a diferencia de una familia de origen pakistaní que sufrió requisas violentas y con saña en busca de pistas sobre los atentados—, el resultado fue ineludible. Tras pedir que la deportación se realizara de día para evitar los asaltos de bandas locales en la frontera, fueron expulsados por Ojinaga, Sonora.

La puerta metálica de la garita marcó el finiquito de su travesía. De vuelta en Iztapalapa, con el paso de los años y el peso de la memoria, Antonio sintetiza su experiencia con una absoluta certeza: «Ya no regresaría después de conocer los riesgos y el peligro que existe».